BODAS DE PLATA SACERDOTALES

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“Yo soy un pobre hombre y Jesucristo lo es todo” (San Pío X).

Jesús, el que me llamó de mi familia, de mi barrio, de mi instituto público de secundaria, desde una historia muy concreta, ha querido que llegue a estos 25 años de vida sacerdotal. No sé cuándo se fue el tiempo tan rápido.

Hago mías las palabas de San Pablo: “Si hay que gloriarse, en mis flaquezas me gloriaré” (cf. 2Cor 11, 30).

“Nadie más pequeño que un sacerdote dejado a sus propias fuerzas; por eso nuestra oración protectora contra toda insidia del Maligno es la oración de nuestra Madre: soy sacerdote porque Él miró con bondad mi pequeñez (cf. Lc 1,48). Y desde esa pequeñez asumimos nuestra alegría. ¡Alegría en nuestra pequeñez!” (Papa Francisco). Alegría en mis miserias y debilidades. Al igual que el publicano, no me atrevo a levantar los ojos al cielo, doy golpes en mi alma y le digo: “¡Oh Dios! Ten compasión de mí” (Lc 17, 13b).

Tengo plena conciencia, más que hace 25 años, que llevo un tesoro, el sacerdocio, en esta vasija de barro (cf. 2Cor 4,7), que soy yo mismo, para que aparezca la fuerza extraordinaria de Jesús, no la mía. Realmente soy débil y no tengo fuerzas. No tengo mucho que ofrecer ni que dar, y tener conciencia de esa inutilidad ante un Ministerio tan grande da sufrimiento profundo, me atrevo a decir, más que cualquier dolor físico.

No quiero abusar del amor de Dios, pero quiero pensar, ante tanta pequeñez y miseria que “No soy más que lo que valgo delante de Dios” (San Juan Bosco). Quiero únicamente tener la certeza que valgo delante de Él y no delante de nadie más.

Han pasado muy rápido estos 25 años. He querido vivir a plenitud que “No soy más que un pobre siervo” (Lc 17, 10), un siervo inútil, y ojalá haya hecho lo que tenía que hacer. No los sé. Le ruego a Dios que me dé tiempo de llorar mis pecados, de sentir dolor de mis pecados, de convertirme, para que cuando me toque presentarme ante Él me abra la puerta y no me deje fuera. Sé que no lo mereceré por lo que hice, tal vez quiera darme una mano Él que hizo todo en mí.

Mi Señor Jesús lo sabe todo y pienso que Él sabe que lo amo (Jn 20,21); que anhelo oír para mí las palabras de la fiesta del Papá Misericordioso porque acoge al hijo malo (Lc 15); las palabras de Jesús que dieron paz a aquella mujer: “Tampoco yo te condeno” (Jn 8,11b) y tener la puerta abierta a Aquel que me invita a bajar cada vez más y que exprese gozo por mi, “pues el Hijo del Hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido” (Lc 19,10). Que Él me conceda oír con alegría única, con mi corazón contrito: “Yo te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lc 23,43).

Mi mamá está aquí, por gracia de Dios, como lo estuvo hace 25 años en la Ordenación Sacerdotal y como lo estuvo hace 36 años, el 29 de septiembre de 1980, cuando entré al Seminario. No tengo más palabras que: gracias, con todo mi amor, por el derroche de amor incondicional que ella ha tenido conmigo. No hay palabra que lo diga todo, la que más se aproxima es “amor”, amor de madre.

Mis hermanos, no han sido hermanos, han sido y son mis ángeles de la guarda. Gracias. No me han dejado ser el hermano mayor. Me aman con su estilo, los amo con mi estilo. Somos una tremenda familia.

¿Qué sentiría mi papá hace 25 años y este día? Sólo sé que confió en mí y me dejó elegir, me dejó salir de casa. Siempre recuerdo lo que pensé con alegría la noche antes de su muerte: era mi amigo. Guardo en mi corazón un especial recuerdo a mi hermano Carlos. Dios nos permita encontrarnos en el cielo y gozar de sus bromas, ocurrencias y cariño especial que nos teníamos el uno al otro. A la abuelita Marqueza: aquí está tu nieto para el que cocinabas con mucho amor en cuatro tenamastes en el suelo y no querías dejar ir cada vez que te visitaba.

Gracias a mis amigos, grandes amigos de muchos años y batallas de fe, que han querido hacer este día especial. Gracias por su cercanía y afecto de siempre, a pesar que conocen mi pequeñez y miserias. Ellos han se han esmerado en todos los detalles para llegar a este día. Mil gracias, con sincero corazón.

Gracias, Mons. Silvio José, no soy adulador, lo sabe. Es amigo y pastor, es cercano. Es todo un profeta de nuestro tiempo. Mi afecto y admiración.

Amigos míos: gracias por su compañía y oraciones. Han hecho y hacen mucho por mí. Los tengo a todos en mis oraciones. Todos son muy especiales para mí, lo saben.

Madre mía María, Purísima: Acordate de mi… jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a tu protección haya sido desamparado… gimiendo bajo el peso de mis pecados me atrevo a comparecer ante Vos… no desechés mis súplicas, escúchalas y acógelas benignamente.

Hago mías las palabras de San Juan Pablo II a la Virgen María: “Madre santísima, (…) obtén también para mí las fuerzas del cuerpo y del espíritu, para que pueda cumplir hasta el fin la misión que me ha encomendado el Resucitado. En ti pongo todos los frutos de mi vida y de mi ministerio; (…) en ti confío y te declaro una vez más: Totus tuus, Maria! Totus tuus! Amén” (Homilía en el santuario de Kalwaria Zebrzydowska, 19 de agosto de 2002, n. 5: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 23 de agosto de 2002, p. 10).